Mi primera reacción no fue sorpresa, fue más bien una especie de malestar apagado, como cuando uno empieza a despertar de una larga operación. Abrí los ojos con dificultad, pues mis párpados estaban tapiados con una densa capa de lo que al principio pensé que eran lagañas.

Una silueta extraña yacía en el otro costado de la cama. La familiaridad de su figura, me hizo pensar que había muerto mientras dormía y que mi cuerpo era lo que ahora palidecía ante mis ojos. Sin embargo todos mis sentidos parecían pertenecer aun a este mundo, por lo pasé de la indiferencia ante los arreglos de mi propio funeral al estupor de descubrir que mi alma había fallecido mientras dormía y quedaba su esqueleto tan extraviado como el cascaron que dejan las serpientes cuando mudan de piel.

Al tocarla se desinfló en mis manos, quedando como un estúpido espejismo de mí en un espejo de seda. Le di respiración de boca a boca tratando de llenarla de aire , la rellené con algodón y calcetines, le canté, bailé con ella, la llevé al cine, le conté cuentos y poemas. Y triste fue mi desilusión al seguir la viendo igual de muerta y flácida, pero ahora llena de pelusas, mugre y palomitas de maíz.

¿Qué se hace con un alma muerta? ¿Se le mete a la lavadora con detergente que no dañe al medio ambiente? ¿Se le manda a la tintorería, diciendo que era un disfraz de carnaval muy feo? Decidí lavarla a mano, en el fregadero de cocina. Que penita al verla nadar entre agua sucia, pero que pena más grande fue al verla encoger y quedar del mismo tamaño que tenía yo cuando era un niño de 10 años.

Intenté comérmela, a ver si digiriéndola vuelve a mí como proteínas o vitaminas, sin embargo, mis dientes no pudieron cortarle ni un bocado. La quise succionar como un fideo pero por poco me ahogo al quedarse atorada a mi garganta. ¡Pero qué idea más idiota, ahora si que si me mato, me muero!

Al final la he guardado dentro de una caja de zapatos y colocado en el closet a un lado de las corbatas.

Ahora busco en las páginas amarillas, a ver si de casualidad existe un cementerio para almas muertas.

Julian enciende su viejo contestador telefónico. No tiene mensajes, ya nadie lo llama por teléfono. La cinta magnética empieza a correr reproduciendo una voz que dice:

“Hola soy Julian, no estoy en casa ahora, espera al tono y deja tu mensaje.”

Su mano temblorosa recorre su la garganta, hasta que sus dedos recorren la cicatriz del accidente que lo dejó mudo.

En el principio, un hombre y una mujer, se miraron a los ojos. Ellos leyeron sus miradas y de repente compartieron el mismo lenguaje. Se amaron, tan honesta y puramente como un hombre puede amar a una mujer, como una mujer puede amar a un hombre. Y un día, bajo primeras las estrellas de la primera primavera, ella tuvo una idea.

Cantemos a la estrellas nuestro amor – Ella dijo
Pero las estrellas están tan lejos, y nuestras voces tan pequeñas, ¿cómo podremos alcanzarlas? – Él dijo.
Bien, construyamos una torre tan grande como nuestros corazones, estoy segura que alcanzaremos a la estrellas y más allá – Ella dijo.
¡Gran idea! Haré fortísimos muros y pisos, mis manos son rápidas y traeré piedras desde todos los puntos de la tierra. Mis muros y yo te protegeremos. – Él dijo.
Nuestra torre tendrá mil y una ventanas, y una puerta dorada con perlas y diamantes. Mis ventanas traerán luz a tu corazón y mi puerta te dará la bienvenida cada vez que regreses de las montañas – Ella dijo.

Ellos decidieron construir juntos los cimientos, y cada lágrima y gota de sudor era dividida en dos. Rocas y diamantes vinieron desde cada rincón del mundo. Ventanas y paredes eran diseñadas y construidas. Su trabajo los llenaba de orgullo. Día y noche, ellos cantaron su canción y era realmente bello.

Pero un día, la canción no era la misma, él dijo que ella estaba cantando desafinado, ella dijo que a sus estrofas le faltaban palabras. Ellos cantaron más alto y más alto tratando de convencer uno al otro hasta que se quedaron mudos y sordos. Y de repente, las perlas eran más caras que las rocas y las paredes comenzaban a romper las ventanas. La puerta dorada perdió su esplendor y los muros ya no eran tan fuertes.

Ella se marchó. Se llevó sus ventanas, su puerta y la mitad de los cimientos. Él se quedó allí atrapado entre los muros, sin salida, ni sol, ni música, encerrado en una torre a punto de caer.

Todas las personas que conocen a Dios, siempre dicen que es tipo muy divertido. Tú sabes, simpático. A todo el mundo le cae bien y siempre te saca una sonrisa sin mucho esfuerzo. ¡Las historias que tiene que contar! ¿Te imaginas a alguien que sabe todos los chistes del mundo? Bueno pues de vez en cuando Él hace chistes a su modo.

Un día (y esto lo lleva planeando desde hace tiempo) quizá el próximo martes o viernes, convertirá a todos los gusanos en mariposas. Te imaginas que escena, morder una manzana de no buen parecer y ver como justo ante nuestros ojos salen volando dos alitas de colores. Vamos qué belleza de panteones tendríamos, con tantas motitas revoloteando por aquí, por allá. Los familiares llevarían flores a sus difuntos, sacarían el ataud del abuelo llenito de monarcas, y la abuela con lágrimas de emoción diría: ¡Ah mi viejo, hasta que por fin sirvió para algo!

Puede ser que cambie de opinión y en vez de gusanos, elija a los humanos. Yo rezo por que esto pase y por fin pueda decir que ante los ojos de Dios, todos somos mariposas.

Y me dices muy preocupada:

“A que no lo sabes que hoy no habrá estrellas esta noche, hay una crisis energética en el firmamento. Podrás irte enterando que en el cielo han descubierto que hay aureolas hechas en China. ¡Y esto si que no! El hada de los dientes ya no deja moneditas brillantes a los niños debajo de sus almohadas ahora pone vales de descuento en licorerías. Podrías estar mejor informado, pues se han encontrado un Starbuck en la cara oscura de la luna. Creo que no es casualidad que el nivel de desempleo ha bajado 5% los últimos cuatro trimestres en el infierno. Da para pensar que el congreso ha permitido la explotación petrolífera en el jardín del edén pues técnicamente no es una zona habitada. De seguro que te enteraste que el Vaticano ha criticado muy seriamente a los científicos que han encontrado la vacuna contra la culpa. Y mira nada más como están las cosas pues ahora…”

Es una pena que no te esté escuchando. Mientras mi mirada sigue fija en tu escote.

Allí ando con la cabeza embarazada de historias que no ven la luz. ¿Cuando tendrán tiempo para nacer? Cuando pienso en ellas me dan tanta pena. Solitas en la oscuridad de mi cráneo. Engendradas entre la maraña de neuronas, son tratadas por los otros pensamientos como ideas de segunda. Quedan apiladas en alguna grieta, esperando, esperando y esperando.

Tan apretaditas están que ya una le pica un ojo a la otra con el dedo gordo del pie, ya otra ya no le alcanza el espacio para un que le crezca un final feliz, y se me quedan todas enanitas, sin sitio para grandes amores, mares tempestuosos ni planetas con anillos color helado de limón.

A veces se aprietan tanto que una se mezcla con otra y quedan como siamesas. Este tipo de historias siempre llaman la atención pero a la larga uno nota que no andan bien, y después, llega la razón cirujana a separarlas; amputando por allí y remendando por acá. Se dirá que la operación es un éxito, pero siempre tienen los mismos efectos secundarios, terminan siendo cuentos amargos, llenos de soledad y cicatrices. Espero que un buen día de estos haya algún avance en la medicina literaria que les haga la vida más amable.

Pobrecitas de estas historias mías, si se me pasa la vida sin contarlas, ¿quien lo hará por mí?

Hola a todos, después de muchos meses sin tener ni cabeza, ni tiempo, ni país, vuelvo al mal habito de trasnocharme escribiendo para ustedes…  mis queridos cuentos.

Una pareja descansa después de una agitada sesión romántica. Todavía no han empezado a vestirse cuando él la mira fijamente y deja escapar un “Te quiero”. Ella sonríe después de un par de segundos, mantiene la mirada y le dice: “Yo también. He tenido cinco maridos y a todos les he sido infiel contigo.”

Julian enciende su viejo contestador telefónico.  No tiene mensajes, ya nadie lo llama por teléfono. La cinta magnética empieza a correr reproduciendo una voz que dice: “Hola soy Julian, no estoy en casa ahora, espera al tono y deja tu mensaje.”  Su mano temblorosa recorre su la garganta, hasta que sus dedos recorren la cicatriz del accidente que lo dejó mudo.

No puedo mirar sobre mi hombro. Me espanta la idea de encontrarla. No miento, me sigue, me atormenta, me atemora y ella lo sabe. Nuestra maldición lleva mucho tiempo, desde los años tiernos de mi vida.
Recuerdo su silueta en aquel árbol de navidad. No podía esperar a que mis padres me dieran ese regalo en noche buena, así con sigilo rapté aquella hermosa bicicleta roja con detalles cromados y llamas dibujadas en los guardafangos. No podía esperar a montarla, y aun cuando no sabía andar en bicicleta, ese impulso salvaje me llevó a cometer una de las mayores imprudencias de mi vida.
Alinee su esbelta estructura a la mesa del comedor y parado en una silla me dispuse alcanzar el asiento. ¡Qué maravilla! La perspectiva de las repisas llenas de porcelana, el ser más alto por un momento, el disponer de una máquina tan sencilla y tan anhelada. Todo fue un solo pedaleo, una media vuelta de rueda accionada por mis cortas piernas. Fueron unos segundos de deleite, ese andar hacia adelante casi por acto de magia. Sin embargo, lo que le seguiría sería una vida de temor.

El impulso me llevó a la sala, la alfombra hizo patinar la rueda delantera, proyectándome hacia adelante. De repente mi cara se entumeció y por un momento no sentí nada, solo escuché el eco de un sonido seco amortiguado por el papel tapiz nacarado de la pared con la que mi cabeza había estrellado. Sabía lo que venía, solo quedaba esperar ese cosquilleo que lo precede. ¡Oh! ¡Dolor! Dolor en su estado puro, enervante, irracundo, tan profundo que pareciera que el alma se dobla hacia adentro dejando el cuerpo a la merced de incontrolables convulsiones.

Quería llorar pero no podía, pues soltar un berrido liberador de este martirio significaba entrar a otra prisión más deshonroza, la asistencia de mis padres al escuchar el llanto, su mirada entre severa y cómica, al ver como si ansiedad me había llevado a un escarmiento justo. Pero si algo he aprendido es que nadie desea justicia de su propio destino, sobretodo si esta proviene de algo llamado gravedad.

Con lastimoso odio volví la mirada hacia aquel artefacto rojo como el demonio, con sus guardafangos ardientes y su quieta malevolencia. Maldita, maldita mil veces, lo mejor hubiera sido tirarte a la calle para ver como las llantas de los coches hacen sombra sobre tus cromados destellos cuando te aplanaran contra el pavimento. Sin embargo, tenía que regresarte a aquel sombrío árbol de navidad, y esperar a que mis inocentes padres me ofrecieran esta manzana envenenada con la mejor de las sonrisas.

Navidad, las sonrisas y la manzana llegaron en su momento indicado, sin embargo, yo no podía recibir aquel regalo. Me negé a aceptarlo, no quería saber nada más de él, ni de las palabras de mi madre, diciendo las bondades de tener bicicleta, salir al parque, tocar la campanita tan mona en el volente, etc. Tampoco las palabras de mi padre me hicieron cambiar de opinión, lo mucho que costaba, cuanto había trabajado para tenerla, cómo el nunca tuvo una y como mi abuelo, que en gloria esté, le hubiera roto la boca por una sola de las palabras que un desagradecido como yo había pronunciado. Y silente, espectante, roja, la maldita bicicleta.

Aquel día pasó, como pasaron muchos días más. Al principio pensaba que mis padres colocaban la bicicleta en lugares distintos para que yo no dejara de pensar en ella y un día me animara a montarla. Un par de años después me dí cuenta que ellos pensaban que yo era el que tomaba la bicicleta en secreto y que luego, descuidado como era, no volvía a ponerla en el mismo lugar. Mi madre al ver la bicicleta en otro lugar, solo murmuraba: “Lo orgulloso lo sacó de la familia de su padre”. Y mi padre, bueno para esa época ya le daba lo mismo lo que pudiera hacer.

Podrán decir lo que se le antoje. Locura, paranoia, daño cerebral, no me importa, soy testigo de que aquella bicicleta me seguía con el afán enfermiso de verme otra vez caer y otra vez. No estoy hablando de tropiezos, no solamente es eso, son fallas, errores, accidentes, malas decisiones que he tomado, que me han ocurrido, que les ocurre a todo mundo, pero no todo mundo tiene el mismo testigo siempre.

Recuerdo cuando me expulsaron de la facultad por aquella pelea con el profesor Ortega. Yo tenía toda la razón, mi causa era justa, pero no lo fueron mis maneras. El camino a casa fue el más largo de todos los que caminos que he tomado, deshecho solo pude ver la sombra de la bicicleta proyectándose en la pared. Aquella mañana la había encadenado al portón principal, cómo se pudo escapar. Solo pude correr hacia la casa con todas mis fuerzas, cerrar la puerta con seguro y llorar, llorar lágrimas que se habían acumulado desde aquel golpe en la pared.

A la mañana siguiente, la calle estaba vacía, la bicicleta no estaba y me dispuse a volver al campus y arreglar mi situación. Horas más tarde, estaba fuera de la universidad, fuera de la carrera, y fuera de cualquier posibilidad de entrar a otra universidad. El Ortega este tenía muchas influencias y sabía dónde golpear. Escucharía el eco de este golpe toda mi vida, cuando las puertas se me cerraran frente a mi para los buenos trabajos, y en si, toda la buena vida. Al salir del edificio principal, allí estaba, la bicicleta me esperar. Desde aquel día fue así por cada golpe de puerta que la vida me daba, la bicicleta se hacía presente con un rechinido de sus llantas, su funesta campanita o sus brillos cromados en la oscuridad.

Mis hijos nunca tuvieron una bicicleta, nunca les enseñé a andar en una. No quería que pasaran por mi experiencia, no quería no que heredaran mi maldición de la misma manera que yo recibí el orgullo de mi padre. Ahora al encontrar mi vista diezmada, mi mal oído y mis piernas cortas otra vez, solo intuyo la presencia de la bicicleta. Vi su reflejo en la ventana cuando recibí la noticia de que Andrea, mi esposa, había muerto en un accidente de tráfico. La sentí aquella noche que Rosario, mi única hija, se fue de la casa con el dinero de mi pensión. La noté cuando me caí por la escalera y me rompí la cadera y pase casi medio día arrastrándome en el piso hasta que un vecino se dio cuenta de mi accidente. No la culpo de mis males ni mis erroes, lo que no puedo soportar es el que ella siempre esté allí, espectante, inquiriendo sobre mis desagracias, regocijándose en el orgullo mancillado. La única herencia paterna que todavía conservo.

Y ahora solo me quedan las noches de insomnio por el temor a que sea su roja silueta lo último que vea en mi vida no me permiten cerrar los ojos.

-Mamá, mamá, este chocolate en polvo sabe mal-
-¡Pero hija, si son las cenizas de tu abuela!-

Seis puertas en un corredor montan guardia con silencioso sigilo. Son cíclopes, y se observan cara a cara entre cromados brillos. No parpadean, no pueden cerrar su hendidura. Día y noche contemplan el mismo pasillo.

Seis puertas en un corredor encadenan un siglo, de locura o secretos. No pueden dar cuenta de lo que guardan, pues su único ojo no mira hacia adentro. No saben cómo llegaron allí, sólo ven que significan encierro.

Cinco puertas en un corredor, pues una cae en el desconsuelo. Un ladrón con una espada, la ha cegado y le ha torcido el cuello.

Estos salones de la secretaría de Economía nacional, y se apiñan cada vez más todos los ingresos y egresos de la nación. Las instalaciones… ¡je! deberían ser un edificio gubernamental, son más bien una tenebrosa y húmeda bodega confiscada y readaptada por el estado.

Sabr. Rno. Pasa a caja 333… punto… teclas… 789,000 pesos perdidos por inundación campo 281jk, fecha 12/1/89. Pasa a archivo 1290456, señor Jorge Enrique Estrada.

En el “congelador”, como le llamamos todos a esta ruina de edificio. No recuerdo quien le habrá puesto así. Creo que fue por el frío y la humedad del ambiente, o por la sensación de que dentro de esas renegridas paredes de ladrillo blanqueado con cal es de cierta manera una morgue en vida. Esto tan harto del blanco.

8745% de la cifra estimada, no es 8746%. Por lo que le da un total de 781 millones de que… ¿de qué era?

Esta es la jaula de 234 trabajadores de planta y 37 temporales, catorce horas diarias, lo cual es 84 horas a la semana, lo que sería 336 horas al mes, o 4032 horas al año. Fácilmente unas dos terceras parte de mi vida, suponiendo que muera pronto. Esta vida, que se ve sumergida dentro del sistema económico nacional, que ve en nosotros la grandiosa habilidad de ahorrarse el trabajo de cuanto gastó algún diputado en el viaje “oficial” a Viena (que por cierto llevó a toda su familia, ¡malditos cerdos!), o saber cuanto más se puede aumentar de precio la carne, la que de por sí, solamente un 5 % de la población puede comerla regularmente, sin que esta misma note que en apenas cinco meses esta ya ha aumentado un 78% en dos meses. No les importa, tienen ellos son lo que la venden.

Un trabajo desdichado. ¡Demonios concéntrate! 781 000 000 de pesos bruto ahorro interno. Pase a registro caja 68. Notariar segmento párrafo 19 de registro.

Grandes son las cosas que hacemos dentro de esos cuatro muros de diez metros de altitud. El rico se hace más rico y el pobre sigue extrañamente igual. El milagro consiste en que cada vez hay más pobres y menos ricos. Así los ricos que quedan tienen que cuidar de que los demás vivan, milagrosamente, pero vivan; pues vale más un hombre pobre que un hombre muerto, ya que los ricos no están dentro del negocio de funerarias; y roguemos a Dios por que nunca se interesen en él. Si no, seguro empezarán alguna guerra por estupideces o esparcirían una epidemia mientras ellos huyen a Irlanda.

127 382 registro, toma clave RETe.56, pide pase caja… ¿88 o 89? ¿Cuál de las dos toma este tipo de registro?

Como las abejas, si siempre me imagino a los 271 hombres encerrados aquí como si fuéramos alguna clase de abejas. Me pregunto si estas prueban de la miel que hacen. Creo que más bien ellos la hacen y la que saca el jugo es la reina, no recuerdo bien. La reina… la reina… pues sería definitivamente el señor contador, su excelencia, el milord, el rey Zambrano de Alba… Zambrano… Zángano de Alba…

Y hablando del rey de Roma, y el desgraciado se asoma. ¡Hay que no me esté viendo a mí!
El hombre repulsivamente correcto, de cadavérica presencia, asemeja una visión post mortem. El señor, es el motor de todo la máquina humana-calculadora que significa la secretaría. El emperador de la congeladora, que gobierna desde un piso flotante, construido y afianzado al techo del mismo edificio, planeado estratégicamente para observar minuciosamente hasta el momento más mínimo de los empleados. El hijo de su puta madre.

FMT, se aproxima aumento de comisión por caso a jueces en embargos categóricos y de servicio al demandante. Aumento aconsejable y sostenible del 23%. A robar… que vayan y roben a su…

¡Ándale! Tiene un recibo beige en la mano. Zambrano tiene un beige. Esos son de mi escritorio.
Le calculo unos setenta y cinco años de edad. Cómo le tenemos tizna al desgraciado. Yo creo que por eso nadie lo ha visto bajar desde su piso, sin embargo su extraña silueta siempre está ahí, en la ventana, vigilando sigilosamente, como una gárgola o un cuervo hambriento. Cuando alguien alza la mirada a ese balcón de vidrio semipolarizados podría jurar y perjurar que él lo está viendo a los ojos. Pareciera que estuviera esperando para que cometas un error. Cualquier diferencia de porcentajes, o suma de dividendos, es un preteti, pues así, él entonces, tomaría su micrófono, y con aguda y metálica voz gritaría su deshonrosa despedida de la secretaría, como él sádicamente dice.

El recibo beige y su frente fruncida. Lo tiene entre las manos, lo está apretando. Me encantaría apretarle el pescuezo. ¡Madre, creo que va a tomar el micrófono!

Quizá, a la primera esta deshonrosa despedida podría sonar como una bendición caída del cielo, pero no es así. La mayoría de nosotros somos viejos, ya no podemos trabajar en otra cosa. Todos fuimos empleados en los 70s, cuando éramos jóvenes con bríos suficientes para llegar más alto, sin embargo, este trabajo mata, poco a poco, en cada informe, cada pagaré, cada hoja tiene su pequeña dosis de veneno aniquila-esperanzas. Lentamente. Este proceso es lo suficientemente lento para despertar y ver al espejo, con los ojos desorbitados, tus arrugas y caer en la cuenta que el día de ayer fue idéntico a los de la semana pasada, de los del año pasado, y por consiguiente será idéntico al de hoy. Es y será igual, incluso si te mueres en el escritorio.

Ya lo tomó, y está buscando… mi nombre, mi nombre en su lista de empleados. Si me lo encontrara, si me lo encontrara a se puto en una noche oscura, sólo un golpe. Tan sólo ocuparía un buen guantón por años y años de tiznarnos todos los días.

Muchos se han ido por su propia cuenta o fueron despedidos. Ellos ahora trabajan en el servicio de correo, llevando y trayendo sacos llenos de cartas y paquetes pesados que varían entre los 80 y los 120 kilogramos. Algunos no han tenido suerte, si se puede llamar a sí, y han quedado desempleados. Son desechos del sistema ¡y aquella gloriosa organización sindicalizada que no prometía un pequeño paraíso para cada uno? ¡Mafia! ¡Buitres! Ahora se que lo tendré “el pequeño paraíso”, pero no en este mundo.

Mis manos están sudando. Ya encontró mi nombre.

Hector Xavier Velazco, Hector Xavier Velazco, sección 23, venga a mi oficina-

Ni modo sabía que algún me llamaría a mí. Sólo acabo esta suma para que luego no se me vaya el hilo de lo que estoy haciendo. 28,965,000 de la publicidad al partido más el interés del préstamo de… ¡Pero qué estoy haciendo! ¡Que idiota soy! Si me llamó para despedirme, porqué demonios a de importarme que gastó el partido del gobierno en la campaña publicitaria pasada. Ahí voy.
Voy caminando por le pasillo principal, a mis lados, un mar de escritorios, todos agachados, todos ocupados. Algunos que oyeron mi llamada me dedican una mirada de reojo entre las pilas y pilas de registros, gris, azul claro, azul fuerte, rosas, amarillos, blancos, y beige, tenía que ser por su puesto el beige.

Más de veinte años y nunca caminado por este escritorio, por estas escaleras metálicas en dirección a su oficina. Dios mío, ¿y si me despide? ¿Qué haré? No tengo ya dinero en el banco, lo último lo gastamos en la neumonía de Lupita, no podíamos confiar en la seguridad social, no después de cómo trataron a su madre. Mi Elena, que se nos fue por un descuido de ellos, no había medicamentos me dicen, cuando hacía una semana había visto la contabilidad del botiquín de ese hospital. ¿Y las medicinas? No sabría decir a donde fueron a parar, solo sé qué pasó con el dinero y en qué bolsillo apareció por acto de magia. ¡Chingados recuerdos! ¡Chingado, me acerco a su puerta!

Por debajo de la puerta pasa el aire a presión de la calefacción, la cuál no conocemos nosotros. No se si tocar… me gustaría más tirar la puerta a patadas, sorprenderlo por la espalda, romper la ventana de vidrios polarizados y aventarlo, sujetándole de un pie. Chillaría como un puerco, me diría “no me mates, ¿qué te he hecho?”, no lo subiría hasta que pidiera algo ” por favor”, luego lo bajaría hasta el primer piso y lo entregaría a mis compañeros para lincharlo entre todos. Me gustaría más, muchísimo más; pero mejor toco.

Pase, pase señor Velázquez- me dice el desgraciado, y para colmo confunde mi nombre, ni por veinte años de firmar mis registros. Entro por fin..

Velasco, Hector Velasco, señor Sambrano de Alba- Mientras Zambrano sólo movió su cabeza en seña de afirmación, no se ha parado del escritorio ni ha apartado la vista del recibo.

Ya en otro tono, me dice: -Siéntese señor Velasco, siéntese- No me despedirá parado, de eso estoy seguro. Me acerco. Sobre la barra de su pequeño mini bar veo un retrato, es su hija, creo, pues se parece a él. Aparece retratada a contraluz con un vestido rosa, un ramo de flores en la mano izquierda y un sombrero estilo francés. ¡Pobre niña, es como si él tuviera una peluca puesta! Estuve a punto de soltar una carcajada. ¿Y si lo hubiera hecho?

Tomo asiento, él suelta un suspiro de enfado y pone el recibo beige, ¡El bendito recibo beige!, en el oscuro vidrio del escritorio. –Tómelo señor, tómelo- Lo veo y ante mis ojos se desvanecen todas mis preocupaciones y se dibuja una ligera sonrisa en mis labios.

-¿Señor Velasco, reconoce que este recibo beige pertenece a su cubículo?

-Sí, ciertamente señor, es de mi escritorio, pero…-

-¿Y reconoce el nombre de expedición que aparece no es suyo? -

-Sí señor, aquì dice Luis Alberto Fabián. Él es mi compañero de escritorio, lleva aquí poco tiempo. -

-Eso ya lo se, es hijo de un buen amigo mío, le sugiero que le aconseje sobre las grandes faltas de ortografía que hay en todos los párrafos. Adiéstrelo bien, que dentro de un par de meses será el chico será encargado de su subsección. Es bueno irse llevando bien con sus futuros jefes, no lo cree señor Velázquez. -

-Si, claro señor. No hay problema.-

- Pues ya está, váyase-

Levantándome apresuradamente para salir de una vez por todas de esa tenebrosa oficina, con ademán de cortesía, entre dientes, digo: -Si señor, gracias por su observación, regresaré a mi trabajo-

Desgraciado, todo eso por unas simple faltas de ortografía, porqué no le habla él al tarugo ese y le dice de su cochina escritura. Espera… mi jefe, un niño de veintitantos con mierda en la cabeza y que todavía no le acaba de salir el bigote, hijos de pe…

-Señor Velasco… – me grita Zambrano. ¡Jijoles!, por un momento pensé que me había leído el pensamiento, pero no puede ser ¿o si?. – Señor Velasco cierre la puerta, que el aire caliente se escapa-

UFF, Uff otra vez. Instintivamente, después de tantos sustos, digo: -Si señor , perdone, buen fin de semana. Gracias.-

Nunca antes había hablado con Zambrano, nunca había entrado a su oficina, nunca le había dicho “gracias” y nunca antes había tenido tantas ganas de tomar una piedra y partirme yo mismo el hocico por pendejo.

En fin, 28,965,000 de la publicidad al partido más el interés de la compañía electoral a causa del mismo fin (¡he! Ni ganaron las elecciones) ¡Que ganas tengo de partirme el hocico!

No hay nada más cruel que enfrentarse a una hoja en blanco. Ya sea que esté visualizada en una pantalla o colocada en un escritorio. Por lo general, su palidez me hipnotiza y su luminosidad inunda a mi cabeza y la deja como el papel, totalmente en blanco. No he hecho el experimento, pero me imagino que si uno compra un par de hojas de otro color, quizá podría empezar con mucha más confianza. Entonces mi mente quedaría gris, amarillo fosforescente, verde, rosa mexicano, etc. A lo mejor, con un papel azul podría escribir mucho mejor de mares tropicales, cielos despejados, pitufos o escaladores semicongelados en el Iztacihuatl.

Sucede lo mismo si escribo o si dibujo. La aterradora hoja blanca me espera, confiada, insignificante, y lo más terrible de todo: agrupada en gran cantidad, cien hojas, doscientas hojas, o una caja con miles. Es raro ver una simple hoja solitaria vagando en un restirador o un escritorio, no se diga en una computadora con miles de millones de hojas guardadas y otros trillones esperando a que un click las haga aparecer como si fuera acto de magia. Vienen en montones, literalmente hablando.

Me he preguntado muchas veces la razón de esta pequeña fobia hacia ellas. Y he llegado a una conclusión. Una hoja en blanco significa la posibilidad única y maravillosa de ser lo que sea. Un salmo, una carta romántica, un contrato de divorcio, una orden para llevar en una tortería, etc. Si a una hoja se le hace un punto con un lápiz, ya no es la misma, sufre una mutación metafísica, pues ya nadie se va a fijar en la cuartilla de papel, sino en el minúsculo punto de que le fue marcada. La cuartilla se pasa desapercibida, por lo que cabe preguntarnos si valió la pena que la hoja perdiera su perfecta blancura por aquel punto. ¿Aquella marca fue más valiosa que la condena de este papel al anonimato?

Tengo la nuca plana, porque mi angel de la guarda dibuja sobre mi cabeza cuando estoy dormido.

Las antiguas catacumbas del norte habían presenciado toda clase de extravagancias, pero ninguna como la convención de magia oscura que esta noche se celebraba. Los brujos de toda la región habían esperado cinco eclipses de luna para poder congregarse otra vez y medir nuevamente sus tenebrosos talentos. La competencia de esta ocasión era invocar al demonio más terrorífico, y si bien, cualquier demonio puede matar de un susto a una persona común y corriente, atemorizar a un brujo no es tarea fácil.

Durante la velada, ojos encendidos, cuernos puntiagudos, escamas, patas de cabra y apéndices deformes, habían sido el siniestro deleite de los espectadores. El concurso llegaba a su fin con Ako, un desprestigiado mago cuyos días de gloria fueron tan esplendorosos como cortos. La sala lo recibió con desgano, pensando en que su acto sería un trámite mientras el comité deliberaba el ganador de esta edición.
Ako, caminó hacia el centro de la sala. No trazó ningún pentagrama en el piso, ni ofreció la sangre de ningún animal, no pronunció palabra siquiera, solo se limitó a colocar un sombrero de copa en el piso. Pasaron los minutos, y el público envuelto en silencio, observó como dos níveas orejitas salían del sombrero. A las orejas le siguió una cabeza peluda, dos ojos rosas y una nariz pequeña y húmeda.

-¿Un conejo? ¿Akor, has invocado a un conejo? ¡Eres un inútil!-

Lo que antes era silencio se convirtió en risa. Y las risas pasaron a ser carcajadas cuando después de la cabeza del conejo siguió un cuello largo que más parecía una bufanda arrugada que un cuerpo de roedor. Interminables metros de piel peluda brotaban de aquel sombrero mientras que las bromas hacia Akor se convertían en insultos. Pero Akor, no se veía afectado en lo más mínimo, al contrario, una pequeña sonrisa se albergaba en su rostro mientras se dirigía con paso firme a la puerta principal de la catacumba. Para cuando la puerta se cerró a sus espaldas, todos los espectadores de tan ridículo intento de magia negra lloraban de risa.
Sin embargo, la risa duró poco, al darse cuenta que los metros de piel sedosa se habían convertido en kilómetros y empezaban a acumularse en el centro de la habitación. El bulto crecía ante sus ojos, consumiendo cada vez más espacio. Muchos brujos se quedaron en su asiento, inmóviles esperando una explicación a este montón de pelo. Mientras otros asqueados del mal gusto de Akor, se dirigían hacia la salida aburridos por el espectáculo.

El espacio se reducía rápidamente, y ahora todos los magos se aventaban unos a otros por querer alcanzar las metálicas puertas que daban a la salida de la catacumba. Sin embargo, cualquier esfuerzo por escapar era inútil, pues las puertas habían sido cerradas desde afuera, dejando atrapada a un centenar de brujos a la merced de lo que había sido su hazmerreir hacia unos breves instantes.

La presión que esa suave alfombra ejercía contra la multitud pronto fue desesperante. Al principio, la masa afelpada oprimió a los brujos hacia la pétrea pared, luego sistemáticamente les fue arrancando la capacidad de movimiento, mientras que la vista era cegada al vendar los ojos de todos los presentes. Los gritos de pánico fueron sometidos a desgarradores quejidos. Los brujos ahora despojados de cualquier libertad, eran presa de un dolorosísimo pánico en la más claustrofóbica oscuridad. El ruido de huesos quebrarse era acompasado con el gotear de líquidos vitales, y la blanca piel que los cubría se entintaba de diferentes tonalidades de carmín. La distancia entre la tortura y la muerte se aproximó en el mayor de los terrores que cualquiera ser vivo pudiera haber sentido, siquiera imaginado.

Akor no tuvo que escuchar la decisión de ningún jurado, había ganado el concurso.

Señor, los rayos X muestran claramente que un cangrejo ermitaño se instalado en su corazón. Al parecer el crustáceo no consiguió un caracol vacío, y se mudó al lugar más hueco que encontró. Esa es la razón por la que está tan patológicamente alegre últimamente. No se preocupe podemos extirpar el cangrejo sin problemas y con un poco de terapia podemos hacer que no vuelva a sonreír nunca más, usted, no el cangrejo. Pase con la señorita para que le dé su cita. Por cierto, creo que esto no lo cubre su seguro.

-Lo sentimos mucho, pero si no reconoce de manera inmediata a nuestro sindicato, nos iremos a una huelga indefinida. ¿Lo toma o lo deja?-

-No tengo idea de lo que me hablas, todo esto de los sindicatos es tan nuevo para mí.-

-Mira Santa Claus, seremos enanos pero no estúpidos.-

-Servicio técnico buenas tardes, en qué puedo ayudarle.-

-Te te te teng tengo un un un probl proble proble ble ble ble blema, no no no no pu pue pue dododododo…-

-Ah, no me diga más señorita ahora la comunico al departamento de vibradores averiados.-

Si desea rezar a Brahma marque uno.

Si desea rezar Jehová marque dos.

Si desea rezar a Ganesh maque tres.

Si no está seguro a qué Dios rezar marque cero o espere en la línea.

No es que sea interesada, ni nada de eso, es solo que mi teléfono y e-mail se escriben mejor sobre billetes de 500 euros.

Mandy – Yuly, cariño, no me vas a creer lo que soñé.

Yuly - Mira Mandy, si te dijera que no de todas maneras me lo contarías.

M- Quieres oírlo, pesada?

Y- Vamos, no es que esté muerta de curiosidad pero hay mucha faena en la oficina y…

M- Bueno aquí te va. Soñé que llegaba a la casa, abría la puerta y en mi cocina me encontraba al chico más guapo que te puedas imaginar.

Y- Rollo, Brad Pit?

M- Qué dices? Brad era un Bill Gates a comparación de él.

Y- Vale, y?

M- Pues que estaba desnudo.

Y- Un chico desnudo en tu cocina, bueno, hasta ahora es un sueño que si te lo puedo creer.

M- A ver, era guapo guapo guapo, vamos hasta el ombligo lo tenía perfecto.

Y- Te encuentras a un mega Brad Pit en tu cocina y te fijas en el ombligo.

M- Deja contarte, no empieces con tus cosas. Detrás de él, en vez de la mesa de la cocina había una cama hecha de lechugas.

Y- ¿Y te dice: Nena vamos a aderezar la ensalada?

M- ¿Cómo lo supiste? No, esos serán tus sueños. Era todo rollo tierno, como salido de una peli de los ochentas.

Y- ¿Y?

M- Pues que justo cuando empezábamos a hacer el amor, suena el despertador.

Y- Uhm, un coitos interruptus a la caesar. Y dónde está la parte que no te la creeré.

M- Espera, que te cuento. A media mañana, bajo a la frutería de Don Pancho, lo conoces?

Y- Si creo que si, un poco, de pasada solamente.

M- Pues justo detrás del mostrador veo una foto en blanco y negro del chico de mis sueños.

Y- Ok, ahora esto se pone interesante.

M- Le pregunto quien es ese chico y me contesta que era él hacía unos cincuenta años.

Y- Vaya, ahora si que no te lo creo.

M- Y el ombligo lo sigue teniendo igualito.

Y- Eso cómo lo sabes?

M- Este, ajum, digamos que la cama de lechugas no es tan cómoda como una suele imaginarlo.

Cada noche la sombra se acercaba a mi cama.
Cada noche me hacía la misma pregunta.
Cada noche el miedo me enmudecía.
Hoy le responderé: “ Si, iré contigo”.

La madre superiora reprendió al chef del restaurante diciendo: “ Su sopa sabe a semen”. El Chef preguntó: ¿Y usted cómo lo adivinó?

Pasaba del verano al otoño, y un rotundo desorden climático se veía venir. Llovía con sol, a media noche la luna brilla como en el día, la tierra se secaba y el viento jugaba a levantarla, llevarla, traerla, y justo cuando se cansaba, dejaba a su juguete en cualquier lado. El cambio de estación, al que toda abuelita justificadamente teme, había comenzado.

Carlota había llegado a la escuela envuelta con una bufanda, un suéter, otro suéter, y otro suéter. La clase había dado comienzo hacia unos minutos, pero se podía decir que estaba a tiempo. Sin embargo, ella no lucía como otras veces. Sus ojos profundos, nariz excoriada, manos húmedas, frías, y súbitos escalofríos, daban muestra clara que había cedido a la pandemia conocida como gripa.La mañana había pasado, entre tos sucesiva, historia, tos seca, geografía y tos con flema, política. Y así como nacen las desgracias, siempre se gestan de la menor tontería. Carlota había terminado su dotación kilométrica de papel sanitario, y un súbito cosquilleo invadía su nariz. Se avecinaba un estornudo, que si escapaba, probablemente salpicaría a todos los de la clase pues no había papel ni escondite que los pudiera refugiar desde donde estaba sentada. El cosquilleo se acrecentó, y el arco reflejo curveó el cuerpo, sólo para inhalar con una gran bocanada, que era preciso que Carlota detuviera la explosión de viscosidades.Lagrimeaba del esfuerzo, sus músculos se contraían y encontraban el valor para detener el torrente. El clímax había topado con nariz y boca cerrada. La presión ensordeció a Carlota, que extenuada por la lucha, había caído en letargo momentáneo. El estornudo había pasado y los líquidos seguían en el lugar correcto, sin embargo, seguía en ella una sensación extraña. Un zumbido constante, y un ataque generalizado de hipo indiscreto.Dos clases y el hipo seguía con ritmo en aumento constante. La atención de sus compañeros y maestros no pudo disimularse, pues del hipo seguía un pequeño silbido en el interior de Carlota. Ya para la salida, el tórax de la chica se había ensanchado, por lo que la ropa le había comenzado a ligar la piel y a hacer cada vez más difícil respirar.El hipo evolucionaba y se convertía en una especie de sollozo, que no salía y sólo retumbaba en la garganta. Teresa, su mejor amiga, había decidido acompañarla, sin compartir palabras, pues Carlota simplemente no podía abrir la boca, sin dejar de aspirar aire. El estornudo contenido había regresado a sus pulmones, produciendo una corriente alterna al acompasado y cómodo ritmo de la respiración. La corriente giraba en sus bronquios y codiciaba ensancharse cada vez más. Por eso el hipo aumentaba, y jalaba más aire.La compresión de gases hacia más ligera a Carlota, que iba aumentando de tamaño como un globo. Y Tere sólo podía observar y quedarse callada ante tal fenómeno. Ya para su casa, apenas había podido entrar en la puerta. Las costuras de su ropa habían dado de sí y fue necesario taparla con una colcha de su cama. Su abdomen se inflaba, y se adelgazaba su piel, pudiendo ver a contra luz algunas venas.Carlota ya no tenía conciencia de sí, pues había hiperventilado su cerebro y empezado a caer en un sopor del que no saldría. Los números de la ambulancia, de sus padres, sus hermanos, etc., fueron marcados. La situación de la muchacha seguía empeorando, ahora empezaba a girar lentamente sobre su cama. Su cabeza parecía achicarse ante el engrosamiento de su cuerpo, del cuello una increíble papada rodeaba el mentón, y empezaba a cubrir la boca.Para cuando el médico llegó, tenían que sujetar a la chica de pies y manos para que no se levantara y girara como un trompo. El doctor, revisó sus ojos blancos y cristalinos, tomó su temperatura, y examinó con el estetoscopio. Se escuchaba una ráfaga de viento, ir y venir por todo el cuerpo de Carlota, ahora hueco y tenso como el cuero de un tambor.El especialista estaba abochornado al dar su explicación a los padres, los cuales entre asombro y recato percibían ya clara la noticia que les iba apenas a dar. Carlota había contenido un estornudo, que formó un aire encontrado en las vías respiratorias, creando una corriente de baja presión, y por la atracción del vacío con el que trabajan sus pulmones, una corriente en espiral al aspirar se había gestado. Es decir, Carlota tenía un tornado en el pecho.Ahora con el diagnóstico, sólo quedaba la pasividad pues no había ningún tratamiento para una enfermedad tan nueva y cualquier tipo de inyección u operación se exponía a la paciente a que se desinflara o estallarse. No era posible moverla pues ahora cubría la mitad del cuarto, y seguía en aumento. Sus padres sólo se abrazaban, y miraban con ojos incrédulos a Teresa y el doctor retirar clavos, agujas, lápices, etc., de la habitación.

Pronto se tuvieron que sacar otras cosas más grandes, la cómoda, las sillas, el espejo, la lámpara, la cama, y cualquier mueble que estorbara a la chica en su hinchazón. Ahora los testigos tenían las manos cruzadas y cerradas las puertas de su cuarto, pues esperaban con desesperación lo peor. Y lo peor llegó. La presión de Carlota sobre las paredes empezaba a agrietarlas y a sacar un poquito de polvo del techo. El enjarre, ahora cuarteado, se caía a pedazos mientras que el muro empezaba a tomar una extraña concavidad en el centro.

Después el silencio, el hipo había cesado y por consiguiente ya no se podía aspirar más. Silencio, silencio y… ¡un gran estruendo!. Los testigos se tambalean y caen al piso, mientras las puertas y ventanas de toda la casa se abren bruscamente y salen volando cristales. Una lluvia de diamantes de vidrio. Un chiflido ensordecente que juega con las cabelleras y la ropa, mientras recorre cada rincón de la casa. Una tormenta de polvo, muebles, y papeles en la sala. Y en medio, encima, abajo, entre y por todos lados, Carlota, que se había convertido en polvo y jugaba con el viento.

Mr.Buho

La tarde envejece, se va cubriendo de una suave cobija de sereno, mientras la luz se despide lentamente. Las sombras, ahora confiadas, reconquistan el paisaje hasta dónde los faroles del patio les permiten. La madre Margarita de María de Guadalupe apurada, rompe la disciplina que el hábito impone mientras hurga de rodillas entre los matorrales. Su rosario se rompió liberando una cascada de cuentas de vidrio, que por estar benditas, simplemente no pueden pasar la noche en la tierra.

“Cuarenta y siete, cuarenta y ocho. Por favor, San Francisco, ilumíname para encontrar las otras dos que faltan”

Repetía la madre angustiada con las rodillas enterradas en el pasto y las manos llenas de rasguños. Sor margarita buscaba desesperada mientras se aseguraba de que ninguna otra monja la viera en tan penosa situación.

En un momento de respiro, y justo cuando sus cansados ojos ya no permitían ver más, un quejumbroso arrullo se escuchó desde la esquina del patio, justo de detrás de los rosales.

Con asombro, Sor Margarita encontró una pequeña paloma. El pájaro, tembloroso, agachaba su pico y se encogía como si quisiera enrollarse en si mismo, como si de pronto el animal se estuviera quedando hueco por dentro. La madre no tardó en adivinar que la pobrecita paloma se había tragado las cuentas, y que el vidrio ahora estaba haciendo mella en sus entrañas.

“¡Ay Dios! ¡Por Dios Santo, ahora que hago! Pobrecito animal, si me hubiera cortado esta uña, el rosario no se hubiera roto, las cuentas no se hubieran perdido y este criatura del Señor no estaría pagando mi descuido”

Sor Margarita, con los ojos en lágrimas, escuchó hasta el último suspiro del pajarito. Ahora, este yacía con las patas hacia arriba, quedito como una piedra. Sor Margarita, se restregaba las manos y guardaba respetuosa distancia entre el difunto y ella.

En un momento las estrellas empezaron a asomar su fulgor y el rosario de las ocho se acercaba. La premura obligaba a la Sor Margarita de María de Guadalupe a extraerle de las viseras las cuentas, puesto que ella dirigiría hoy el rosario y no podría correr el riesgo de rezarlo con dos Aves Marías menos.

¿Qué haré? ¿Qué haré? No puedo dejarla aquí pues cualquier gato callejero la olería, se la comería y degustaría su vez a las cuentas del rosario. ¡Dios, y si el gato también se muere por eso! No, no, no. Definitivamente tengo que cargar con mi difunto, sacarle las cuentas y darle una sepultura decente.

Enrollándola en su falda, tomó a la paloma y se dirigió a la cocina. El cuchillo para los pollos fue el indicado y con unos cuantos cortes, la paloma, ahora rebanada, dejaba al descubierto su tesoro, guardado en un estuche de intestino.

La madre Margarita, apresurada por la cercanía del rosario, extrajo las cuentas, las lavó; tomó los restos, los escondió detrás del lavabo; y corrió hacia el cuarto de costura.

Un hilo servirá, no, mejor le doy una doble pasada para que no se vuelva a romper. Enebro la aguja, la paso por las cuentas, un pequeño nudo, y listo, como si nada de esto hubiera pasado. Sólo faltaría enterrar a la pobre palomita, que no se me olvide levantarme mañana un poquito más temprano.

La aguja corrió con precisión y poco a poco el rosario volvió a tener forma. Sor Margarita recontó y recontó las cuentas y sonrió satisfecha a la cuarta vez que sus cuentas cuadraban con las cincuenta Aves Marías que debían de ser.

Se aseó un poco y reincorporó su compostura. Llegó justo a tiempo para alinearse con el grupo y entrar formalmente a la capilla. Una a una tomaron sus lugares, mientras que Sor Margarita se colocaba en uno de los reclinatorios más cercanos al altar. La Madre Superiora le pidió a Margarita dar inicio, y ésta obedeció no sin antes dar un gran suspiro para de alivio.

Domingo, Misterios Gloriosos…

Margarita entonaba el rezo con firmeza y el convento le seguía acompasadamente con las mismas palabras y los mismos silencios.


No muy rápido. No muy lento. Que se entiendan las palabras de los rezos. Dales oportunidad a que acaben de contestar…

El rosario casi acaba perfectamente cuando la espiritualidad del momento se vio abruptamente interrumpida. Se iba a rezar el Ave María cuarenta y ocho cuando una escandalosa tos inundó la garganta de la madre Margarita, la cual fue aumentado de intensidad hasta que se convirtió en afonía. El rosario fue suspendido y por esa noche Sor Margarita de María Guadalupe no pudo decir más palabra, en vez de eso sólo dejaba escapar un pequeño sonido, muy parecido al cucurucú de una paloma.


Mr.Buho

No era extender la mano y cazarla al vuelo, era capturar una presa inmunda para arrancarle lo poco de gracia que le fue concedida. Era apresar una mosca viva para arrancarle las alas, y ver como lo que normalmente se piensa imperceptible para el ojo humano brota con una nueva sensibilidad. Las moscas pueden y sienten dolor. No era fácil, aunque simple. No era sano, aunque nadie lloraría por ello.

La operación era corta, pero intensamente disfrutada. Una vez desmembrado, el cuerpo desfigurado del insecto era dejado a su suerte. Volar no era propio de un ser tan sucio, se justificaba, aunque existía un fin para aquella amputación. Las alas eran meticulosamente guardadas en un estuche, para después ser acumuladas en un cajón bajo su cama. No había prisas en esta metodología, el cajón tenía que ser llenado, y llevó años hacerlo.

Sin emoción, llegó el día, un día como ese siempre llega. El contenedor había rebasado su capacidad, lo que llevaba a una segunda y penúltima tarea. Con calma, una funda de seda blanca fue desdoblada sobre la cama y el contenido del cajón fue vertido dentro de ella sin desperdiciar nada, ninguna miga de aquel material tornasolado. La funda fue engrosándose hasta convertirse en una almohada de suavidad exquisita.

La última tarea no tuvo titubeos. Todo era cuestión de colocar la almohada encima de su cama, en el lado que su esposa suele recostarse y esperar, dejar escurrir el tiempo hasta la hora de dormir.

Llegado el momento, ambos cerraron los ojos, aunque solo uno lo hacía con somnolencia. Él, calibraba la respiración acompasada de su mujer, siendo testigo de cómo se volvía cada vez más inquieta, desarmónica y abrupta. A él no le importó el resto de la noche, pues esperaba con ansias lo que la luz del día descubriría ante su mirada.

Para su deleite, una nueva sensibilidad le era revelada mientras contemplaba el recorrido de las gotas de sudor frío que aperlaban la piel de su mujer. Piel que tomaba un nuevo semblante, pálido, azulado, tornasolado. Ella contenía en su cara un gesto de terror eternizado por el rictus que capturó el retrato de la pesadilla que la llevó a la muerte. Nadie sabrá lo que soñó, nadie lo culparía por ello. No era fácil, aunque simple. No era sano, aunque nadie lloraría por ella.

Mr. Buho

Los puentes inevitablemente siempre tienen la misma composición. Dos puntos seguros, una parábola y un abismo.

La vida misma es un puente entre dos lugares seguros, un nacimiento y una muerte. La parábola que sucede entre ellos es solo el distanciamiento de un vacío que se acomete justo debajo de nuestros pies. El vacío es todo lo que yace en lo que no sabemos, en lo que no queremos conocer, en lo que no hemos pensado, pero tememos. El vacío vive en lo oscuro, lo vacuo de lo que no podemos asir, medir o domesticar. Temerosos de lo que no llamamos vida, cruzamos sin vuelta atrás por ese puente seguro. Pero, ¿hacia dónde miramos? ¿Miramos hacia atrás, tratando de recordar nuestro nacimiento? ¿Miramos hacia delante calculando cuantos pasos nos faltan para que el puente llegue a su fin? ¿Miramos hacia abajo, muertos de pánico al contemplar lo endeble que es este puente ante la infinita oscuridad en la que luz entra para no salir nunca? Lo que hacemos es simplemente cerrar los ojos, caminar y no pensar.

¿Para qué escribo esta historia de todos los puentes? Lo escribo como un ejercicio, un pequeño juego en el que busco abrir los ver de vez en cuando y narrar lo que está ante mí. Mirar primero, para después observar dos puntos seguros y una parábola que los una. Pretendo bajar la mirada por un momento y ser invadido por la fobia de lo que entiendo pero no comprendo, percibo pero no siento, intuyo pero no encuentro.
Los puentes inevitablemente siempre tienen la misma composición. Dos puntos seguros, una parábola y un abismo.

Es precisamente esta noche cuando decido al fin formar parte de una comunidad grande, cada vez más disuelta entre pequeñas vidas con sentidos comunes y medios de expresión canalizados en pequeños paquetes de información llamados blogs. Hoy empiezo, como quien inicia una dieta, con la esperanza que el afán dure por lo menos una semana. Hoy me decidí, y una vez puesta la primera palabra todo lo que continue empezará a significar algo, algo para mí, escritor, algo para ti lector. Si has llegado a este espacio, confío en que tu buena estrella te haga escribir una respuesta a un servidor, de la misma manera que confié en que tu suerte te hubiera hecho llegar hasta estas palabras.

Es precisamente esta noche, una noche intersante, pues estamos bajo una luna asombrada. Digo asombrada no por que la luna pueda estremecerse al descubrir algo nuevo, sino porque por unas pocas horas pertenecemos como planeta a un fenómeno astronómico poco usual dentro de lo poco usual que puede ser nuestro universo. Tenemos un eclipse lunar. Es este uno de los acontecimientos que antes significaban presagios de guerras perdidas, buenas cosecha o actos de malos espíritus. “Mal augurio”, solían decir los emperadores mientras pedían la cabeza de su astrónomo de confianza por lo haber evitado esa mala hora. La cabeza rodaba, de la misma manera en que el mundo ha rodado desde entonces, teniendo una idea exacta del porqué pasan las cosas, pero sin lograr entender para qué.

Un eclipse lunar se explica diciendo que la tierra se coloca justo en frente de la luna lo que evita los rayos solares iluminen su desértica circunferencia. Ese es el porqué, pero nadie que pueda preguntar me podrá decir para qué. ¿Para qué manchar ese rostro blanco? ¿Para qué ennegrecer ese conejo de los aztecas? ¿Para qué Selene se puso de luto? Son preguntas que se ahogan en la noche, mientras la luna recobra su pulcritud lentamente.

Esta noche es buena para empezar algo, algo que nos traiga mal augurio, algo que haga que la cabeza de algún científico vaya a la locura, algo que nos haga preguntar ¿para qué? Pues esta noche es diferente, esta noche, tú y yo, y todo el mundo, hemos asombrado a la luna.